Se le fue la guaua a los estudiantes de la UPR


El conato de linchamiento a la rectora del recinto universitario de Río Piedras pone de manifiesto el estado de salud emocional de todo un país. Sufrimos una gangrena de coraje y frustración que nos ha comido las entrañas de pueblo, salvable únicamente a través del dolor físico que podamos provocarle al objeto de nuestro odio.

Hoy, la necesidad de sobrepasar el límite de la civilidad se hizo patente en un intento por determinar quién sabe qué pues, como va el conflicto universitario, ya la mayoría pagó la cuota y no sabe uno ya quiénes son los buenos o sus archienemígos. Llámele frustración colectiva a causa de tanto intentar o frenesí ante la oportunidad de un tiro seguro a la imagen de la represión; lo patente es que la agresión contra otro ser humano derrota cualquier propósito por noble que sea, y hace que los estudiantes (nuestro espejo de otredad; extensión de nosotros mismos) luzcan como la peor de las variables posible en la conflictiva ecuación.

Se les pasó la mano, muchachos; se les fue la guagua.

Lo que surge de tanto tirijala es una preocupación ulterior, una que, no importa cuantos discursos y candidaturas se nos ocurran lanzar: ¿hasta dónde es necesario llegar para que digamos basta? O peor aún, ¿quién es el próximo?

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"Had I known I was dead
I would have mourned my loss of life"

- Ota Dokan

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