Amores que matan...

>> Feb 14, 2007



Querida amiga,

Ha llegado ese gran día. Esa fecha del año en que es bueno tener a alguien para escuchar a Joaquín Sabina. Es día de San Valentín, la fecha idónea para el amor, las flores, los chocolates y un buen vinito barato que venga en canasta. Definitivamente tendrás que ponerte el panti sexy, cosa de que sea: comida, postre y acuéstate ahí y levanta el culo que ha llegado la hora... igual que siempre.

¡Qué felicidad por ti y todas las enamoradas de este mundo! Porque es sólo en este día cuando puedes sonreir, levantar la cara al cielo y decir: tengo alguien que me ama y lo quiero; así bárbaro, tosco y bruto como es. Y lo sabes bien, pues con pétalos te ha cubierto las memorias oscuras y con chocolates te ha embarrado la estima, y con sus palabras (sacadas de tarjetita Precious Hallmark de Wallgreens) te ha vuelto a convencer de que todo va a cambiar.

Disfruta este día, de amor y de amistad, que poco tiene que ver con dignidad, amiga. Cómete los chocolates de golpe, bébete el vino de un solo sorbo, abre las piernas, tensa los brazos, cierra los ojos y aguanta mientras Sabina y lo demás te va alivianando el alma... si lo haces, será, precisamente ese amor, el que te lleve a las estrellas y el infinito. Igual que siempre lo quisiste cuando no sabías de esos amores mortales y obsesiones idiotas.

Suerte... si es que nada más necesitas para sentirte alguien en este día tan especial para cuanto pendejo anda suelto pensando en mierda...

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Estela del andén

>> Feb 12, 2007

Parte III de "Urbania: cuentos pedestres de una ciudad moribunda"

Nos sentamos callados en el banco de cemento gris, casi tímidos, casi prepotentes el uno con el otro. Supuse que también desnudos, de una manera etérea y abstracta. Ella caminó con tanta seguridad hacia el único banco disponible que llegué a sentir cierta vergüenza. El conjunto color crema que vestía, holgado en las secciones menos comprometedoras, bailaba como pedazo de tela secando al viento. Quise desnudarla allí mismo; su cuerpo me apeteció, lo acepto: ancho en la circunferencia de su caderaje, las piernas firmes, el empeine de su pie claro y el olor de su halo dulce y pimentoso. Si las cosas fuesen como antes, hubiésemos hecho el amor con la ropa puesta pero descalzos en algún tugurio santurcino.

Vaciló al momento de sentarse. Comprendí entonces que me auscultaba. Es difícil poder descifrar cuando te espían; el querer y no querer se torna en un vaivén de gestos y formas incomprensible. Ella, sostenía con cierto recelo una película de alquiler. Me dije: “Si es de Kubrick, le hablaré”. Me gusta mucho Kubrick, aunque no lo entiendo. Debe ser que es el único nombre de director de películas que recuerdo.

Llegó entonces el tren. Nos sentamos a lados opuestos del vagón. Mirándonos, como por accidente, parando la vista como si fuese casualidad que mirara al preciso lugar. La oscuridad del túnel resaltaba el resplandor de las luces del interior. Con ellas, su rostro adquirió cierta dejadez; la frivolidad con la que abordó, se convirtió en otra cosa. Comenzaron a salir lágrimas de sus ojos.

Lloraba con el pecho jadeante, sus senos daban pequeños saltos a la vez que apretaba la cajita de la película con dedos firmes. Yo reaccioné igual el día que llegué a esta ciudad y tuve que comenzar a viajar de extremo a extremo en el tren.

Estela miró a su alrededor. Salíamos del túnel. Los asientos crujían con cada vibración de las vías. El resplandor se apoderó violentamente de cada esquina y sombra del vagón.

Dejé de mirarla. Estela supo hacia dónde se dirigía. Sollozó con mayor fuerza; finalmente comprendió que ya no existía modo de salirse de ruta. Todo seguía su curso.

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A Yolanda Arroyo Pizarro

>> Feb 2, 2007


En estos días parece ya tan sencillo el hecho de morirse o matar, que debería espantarnos la tranquila actitud de aceptación que asumimos al encontrarnos con la muerte de frente. A no ser que sea tu madre o padre, cuyas existencias parecen propias, no se comprende la compleja reacción de congoja.

Al encontrarme frente al féretro gélido de Cecilia no pude llorar, lo acepto. Supongo que ya no me espantaba tanto la muerte, porque no era la mía, sino otra; la muerte fantasiosa, la muerte poética, la muerte de asco o amor, la muerte soñada, la despedida de alivio; la muerte observada desde el empaque de celuloide en el que vivimos todos porque la modernidad nos forzó a no aceptarla como verdadera.

Hoy, morirse o matar es la misma cosa cuando no se es quien se muere –es cierto-; no obstante, creo que debería ser lo contrario. Nuestras muertes deberían estar unidas; para sufrirlas, para descubrirlas y celebrar nuestras sonrisas al sol mientras se está vivo.

Amiga, mi comprensión de las cosas no conoce las medidas de tu corazón. Pero si de algo sirve, puedo hacer tu llanto el mío. Porque, aun cuando desconozco esa muerte que vives, tu sonrisa me recuerda que son torcidos los renglones del mundo, y el cerco que nos une el mismo.

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