Nosotros...

>> Dec 14, 2011

Decir “nosotros” (pronombre personal), ha pasado a ser uno de esos juegos gramaticales que, lejos ya de servir como sujeto en una oración, busca representar todo un concepto turbio de “ellos”, “yo”, “aquellos” y “lo otro”. Conjugándolo en un revoltillo de identidades, “nosotros” ha venido a sustituir la acepción de individuo para achacarles a otros, en mayor o menor grado, lo que es de uno y no de tres o cuatro. Véase la terrible insistencia de artistas a lo “one hit wonder” decir que lo suyo lo hacen representando a su tierra. ¡Qué cosas tiene la fama!


Aquí en Puerto Rico, siempre ha existido una actitud de amor y odio ante el concepto de “colectivo”; marchamos en pro de tal o cual causa, pero nos es complejo bajar el vidrio del auto para darle unos centavos al ser que se para en la calle; nos conmueven las causas terribles y nos ponemos sostenes multicolor, camisas y distintivos, pero aún pensamos que el mal –ese ente diabólico y terrible ― vive solo (pronombre y adjetivo) en el caserío.


El mejor ejemplo lo ponen nuestros boxeadores; estos héroes nacionales que utilizan el “nosotros” como el vocablo adecuado para aglomerar a su entrenador, cutman, nutricionista, chata y fanaticada en un solo artículo de consumo: él. Claro, en una tierra como esta, nadie quiere a un púgil que solo habla del yo, yo, yo, cuando somos nosotros, no él, quienes pagan el pay-per-view; mejor se habla en plural aunque se pierda solitario.


Sin embargo, para tanto “nosotros” que se superpone en oraciones y entrevistas, en supermercados y plazas públicas, la realidad parece puesta de cabeza. El más reciente documental del realizador Davis Guggenheim, Waiting for Superman (2010), por ejemplo, detalla que las uniones de maestros en Estados Unidos –esas entidades que colectan cuotas a granel en cada escuela del país –solventaron unos $56 millones de dólares del fondo electoral para la campaña de 2008; dinero que algunos “nosotros” pagaron para unos cuantos “ellos”. Algo similar le ocurre a la distopía de los partidos políticos aquí en la isla y sus discursos de pluralidad. Como en una comedia negra, el orgullo del personaje principal termina por ser su mayor condenación. Aquí “nosotros”, ese que pretende arrastrarnos a fuerza de vergüenza ajena, no es más que un verdadero error gramatical; un chiste.


No es falta de cariño, corazón (como dice la popular canción), pero las consecuencias naturales de esta “apropiación” sin permiso me suena mal, no solo desde el punto de vista morfosintáctico, sino desde la óptica de pueblo con proyecto pues, decir “nosotros” supone responsabilidad y esa solo se adquiere con años de madurez; indiscriminadamente, “nosotros” invalida el “quiero”, “busco”, “hago”; pero, esos pretéritos ya son tela de otro saco.

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21 de Adele

>> Dec 13, 2011


(XL Columbia, 2009)

Hay discos que te pegan duro; llegan de vez en cuando y, entre todo el ruido (ga-ga le llamó Freddie Mercury), su sonido se define único, fresco. 21 (Twenty one), de la cantante británica Adele, es una de esas piezas que sobresalen en la corriente oferta musical del 2011 por su originalidad, voz juvenil privilegiada y un producto musical cuidado. La voz de esta joven juega con el registro “soul” sin derivar en la mímesis a lo Amy Winehouse, su entonación es tibia –no grita – conjura destellos de una sólida interpretación entre instrumentalización contemporánea pero sin tiempo definido a la vez.

Adele precisa una fuerza interpretativa que invita a prestar atención a lo que dice; para desazón de muchos, las letras cursan entre la poesía simbólica y el poema de adolescencia, y es ahí es donde único considero que el disco se torna algo insípido, en especial cuando ya se han pasado las etapas de los desamores juveniles y la fijación con los lo imposible (el ser perfecto que abandonó el espacio sabe Dios por qué); no obstante, incluso las letras demuestran genuina conexión con la propuesta de la cantante: canta de lo único que puede cantar, el fuego juvenil que se traba entre los tiempos medios, madurez, pero no tanta; tal como sucede a los 21.

Creo que el disco contiene mucho más que la simpleza del sencillo radial “Someone like you” que responde más al gusto simple por un mensaje trillado que a verdadera poesía o “feeling”; piezas como “Set fire to the rain” o "Turning tables", proponen una dinámica de sensibilidad poética que trabaja mejor en el registro de la música de fácil acceso sujeta a una voz tenue que cuenta de melancolía. Este disco no tiene trabas; es los suficientemente directo como para que le guste a varios tipos de audiencia. Ahora bien, considero a “Rolling in the deep”, pieza que transita por lindes del “Motown” a lo Martha and the Vandellas, la expresión máxima de las posibilidades de Adele como cantante; se divierte, canta alto, estridente a veces y esa es una posibilidad que me gusta y que con toda seguridad pagaría por experimentar en un futuro.

Aunque 21 de Adele es un disco altamente melancólico, como todos aquellos que a fuerza de escalas mayores y pianos en adagios pretenden evocar una atmósfera de pena (pienso desde Billy Joel hasta Coldplay) es en su “naivete” lírico y la fuerza interpretativa de una genial cantante que demuestra un agudo sentido musical. Es un segundo esfuerzo poco más convincente que su primer album. Esta primera producción supera mis expectativas porque es poco ga-ga, o fergie, Adele, afortunadamente tiene mucho más sentido.

◊◊◊◊ de ◊◊◊◊◊

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